Estoy tentando al tiempo a la hora de creer en la fina casualidad
de cruzar por accidente miradas, teniendo el sonido de un piano rebotando por
mis palabras que escritas en Sol, tensa el aire que por mi boca entra y salen
en un pentagrama difuso, ligero y tímido.
Escritas en un sostenido jamás igual si la musa sus ojos no
fueran, si su color el lápiz no moviera en forma de un tango, que al lado del metrónomo, va marcando el tiempo que se dibuja entre un adiós, nos vemos y hola.
Al final todo queda agrupado por capítulos que con certeza se
recuerda cuales tenía que revisar para que con una simple briza, recordara
aquellos ojos que sin mirar atrás, estaban viendo el interior del alma que a
gritos intentaba callar lo que tanto quería pintar en esa página que ese día se
escribió.
No tengo idea de donde acaba el placer que genera su voz en mi
arco, pero mis cuerdas seguirán sonando al ritmo de la obra creada por sus
manos, por su alma.
Un café caliente que nos hizo sudar, su sabor tostado daba sabor
amargo al minuendo que sonaba por la ventana, la música aligeraba lo que no era
necesario y todo explotó. Ningún pentagrama lograría registrar lo que estaba
siendo escrito en el aire, ningún trovador escribió sobre ello junto con su guitarra.
Podría describir la situación con un fuerte Rock and Roll, su guitarra
rápida se siente como las notas que produce la sonrisa, componente primario de
la orquesta que hacía sonar al paso de sus palabras.
Poco a poco sus dedos cambiaban la métrica de lo que sonaba, sus
dedos en mi espalda crearon un jazz tan acogedor, tan cálido, tan cómodo.
No hubo estudio disponible para registrar tal obra maestra, mi
mente, mis ojos y mi piel fueron los testigos de lo que aquel día empezó como
un ensamble, de miradas y palabras, de ansiedad y deseo; su sonata se grabó en
todo mi ser y fue una de las ventajas de todo, ahora lo puedo escuchar todas
las mañanas, todas las lunas.
Por el color empezó todo y se transformó en algo colosal, en
música.