Quizá fue el
aroma a café entre su pelo que hizo ver más allá de lo que tangible era, finas
partes de su tímida alma salieron a relucir mientras tal estado fugaz
funcionaba y como acto de magia, su línea visual se abalanzó hacia lo que
alguna vez fue mi zona de confort.
Seguro era
ese rostro sin maquillaje, notándose semanas de no descanso y que bajo los estrictos
<pero inútiles> estándares de belleza, eso no era aceptable, pero fue esa
presencia de simpleza y despreocupación, rostro natural y lleno de historias en
sus ojos, que hicieron tal desastre, creo.
O seguro fue
el café que compartimos en tarde tan calurosa que la gente pensaba sobre los
problemas que pudiéramos tener por tomar café a esa temperatura, de donde creo
que su cabello tomó tan peculiar aroma, calor por el cual creo que su imagen se
veía tan acribillada, pero tarde que me hizo adicto al café, con formidable
compañía.
Sea yo el
único que sabe sobre lo que disfruto simple parte, casual, del día, sea ella
que piense que solamente es una dosis de cafeína antes de seguir con tan
atareado día, mis tardes favoritas tienen color, nombre, una sin leche ni azúcar,
por favor.