Una sonrisa era lo
que lograba salir de mi en momentos en los cuales estaba cerca, era como si un océano
completo pasara constantemente por toda su piel y sintiera toda la vida que en
él vive, era como eso, vida.
Más allá de sus ojos
que abrazaban mis ojos y sus labios que cantaban sobre los míos, su voz hacía
que mi mente entrara en un éxtasis quizá igual al de escuchar la mejor guitarra
punteando ese suave Blues que entra por nuestros oídos pero sale junto con
nuestra alma, Blues que se convierte en nuestros pies y nos separa del piso.
Y cuando mis manos
pasaban por su espalda, sintiendo el calor que salía de su interior, mis dedos
bailaban a la par de las gotas de sudor, recuerdo que su cuerpo parecía estar
hecho para encajar en mis brazos, sus abrazos eran lo más parecido a la armonía
perfecta, ahí nada era molesto y el tiempo era secundario.
Yo tocaba canciones
al azar para liberar sentimientos en notas, porque no era normal que mi piel
sudara frio cuando ella la tocaba, prefería atacar al silencio con notas
desesperadas que quedar como un completo loco al decir lo mucho que me gustaban
sus besos, era mejor que callar.
Amaba tomarle fotos en cualquier momento, todas ellas eran como pinturas perfectas que canalizaban todo
eso que yo quería decir en una fotografía, tan hermosa que no podía dejar de
verla, tan bella que no podía dejar de tomar más, el lienzo perfecto veía yo en
su cuerpo, ella se encargaba de poner arte con su alma.
Ahora digo que no me
importa, pero a nadie puedo engañar, una mirada de ella es suficiente para
paralizar el tiempo al mejor estilo de Pink Floyd en los 80’s.
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