noviembre 23, 2015

12:12 p.m, hablando con el café.




Una sonrisa era lo que lograba salir de mi en momentos en los cuales estaba cerca, era como si un océano completo pasara constantemente por toda su piel y sintiera toda la vida que en él vive, era como eso, vida.

Más allá de sus ojos que abrazaban mis ojos y sus labios que cantaban sobre los míos, su voz hacía que mi mente entrara en un éxtasis quizá igual al de escuchar la mejor guitarra punteando ese suave Blues que entra por nuestros oídos pero sale junto con nuestra alma, Blues que se convierte en nuestros pies y nos separa del piso.

Y cuando mis manos pasaban por su espalda, sintiendo el calor que salía de su interior, mis dedos bailaban a la par de las gotas de sudor, recuerdo que su cuerpo parecía estar hecho para encajar en mis brazos, sus abrazos eran lo más parecido a la armonía perfecta, ahí nada era molesto y el tiempo era secundario.

Yo tocaba canciones al azar para liberar sentimientos en notas, porque no era normal que mi piel sudara frio cuando ella la tocaba, prefería atacar al silencio con notas desesperadas que quedar como un completo loco al decir lo mucho que me gustaban sus besos, era mejor que callar.

Amaba tomarle fotos en cualquier momento, todas ellas eran como pinturas perfectas que canalizaban todo eso que yo quería decir en una fotografía, tan hermosa que no podía dejar de verla, tan bella que no podía dejar de tomar más, el lienzo perfecto veía yo en su cuerpo, ella se encargaba de poner arte con su alma.

Ahora digo que no me importa, pero a nadie puedo engañar, una mirada de ella es suficiente para paralizar el tiempo al mejor estilo de Pink Floyd en los 80’s.

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